Moisés MOLINA.

En política, como en la vida diaria, nadie está exento de tragarse sus palabras, de volver sobre sus pasos y corregir el rumbo. 

Pero en la vida diaria, mucho más que en política, el arrepentimiento y la reconsideración son sinceros. 

Hoy por hoy, en medio de la crispación, en política, el fin justifica los medios. 

La visita del Presidente López Obrador a la Casa Blanca era riesgosa y desde muchos ángulos cuestionable. 

Desde el inicio de su sexenio, el Presidente tuvo que tragarse sus palabras y comenzó a tratar a Donald Trump con respeto y hasta deferencia.

Es normal. No es lo mismo ser candidato opositor que Presidente. 

El fin sigue justificando los medios pero ahora el fin es distinto. Ya no se trata de ganar la Presidencia; se trata de ejercerla y de cumplir con los fines de la más alta magistratura.

El Presidente corrió los altos riesgos que la impredecible personalidad de Trump mantenía latentes y se arriesgó a ir, rompiendo con su axioma de que “la mejor política exterior es la interior”. 

Se le señala que su primer viaje haya sido para visitar a Trump, a quien le escribió en 2017 un libro (“Oye Trump”) que entre sus páginas dice: “Lo he dicho en otros lugares y lo repito ahora: es una canallada que Trump y sus asesores se expresen de los mexicanos como Hitler y los nazis se referíana los judíos, justo antes de emprender la infame persecución y el abominable exterminio”.

No puede ser casualidad que uno de los invitados a la cena de honor en la Casa Blanca haya sido el ideólogo de todas las políticas de odio hacia los migrantes encarnadas en Donald Trump: Stephen Miller. 

Se le critica al Presidente de México que haya viajado en medio de la pandemia, que por primera vez se haya puesto un cubre bocas, que se haya hecho acompañar por “la mafia del poder”, que su visita se de en el marco del proceso electoral estadounidense y que haya ido a dar el espaldarazo a Trump para su reelección.

Sin embargo al Presidente le fue muy bien y yo espero que después de esta visita le vaya bien a México de la única manera que le puede ir bien durante y después de la pandemia: con inversiones. 

Espero que el Presidente López Obrador al fin lo haya entendido al margen de su cliché neoliberal. Bill Clinton lo dejó para la posteridad: “¡Es la economía, estúpidos!”. 

Es mi deseo que el Presidente venga con el portafolios lleno de inversiones concretadas.

Detrás de la visita hubo mucha operación política. Se tejió fino para lograr un resultado de ganar-ganar. Ambos acordaron usarse para sus propios fines personales. Ojalá abone en el beneficio de ambos países.

Tan es así que este puede ser el relanzamiento de la imagen presidencial tan deteriorada por decisión propia. 

Esta es una inmejorable ocasión para la concordia y para la unidad nacional. El Presidente debe convocarla.